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Sólo son cuatro cafés

"Tengo que marcharme porque me esperan en el planeta tierra". Con esta frase sentenciaba el genial Woody Allen su encuentro con alguien que decía oír voces en una película mítica, Annie Hall. El mismo sentido del humor debió invadir a José Ignacio Echániz, consejero de Sanidad y Asuntos Sociales, cuando afirmó tras el anuncio de la ministra Mato de duros recortes para los pensionistas que 8 euros "solo son cuatro cafés". El comentario, como no podía ser de otro modo, hizo arder las redes sociales y proporcionó titulares de oro a cientos de medios de comunicación. También hizo tragar quina a los ciudadanos, a los que vivimos en el planeta tierra, no en el de Echániz.

Al día siguiente, quizá después de las 200 páginas que contenía el clipping de prensa que le arrojaron a la cabeza sus asesores, decidió que era un buen momento para pedir disculpas. Y es que en este mundo al revés en el que vivimos los comunicólogos sirven para asesorar a sus políticos sobre la mejor forma de disculparse, o dicho de otro modo para arreglar los desaguisados dialécticos. Deberían llamarles entonces disculpólogos o arreglólogos, en fin, es frustrante pero es así.

El error cometido por Echániz está en las primeras páginas de cualquier manual de comunicación institucional y se llama "no adaptarse al receptor" con lo cual erramos el mensaje. Evidentemente su comentario habría pasado desapercibido si se encontrara hablando para un grupo de millonarios saudís, pero no para el pueblo llano, para quien en estos momentos tomar un café fuera de casa con cierta asiduidad puede plantear un serio problema.

El desconocimiento de la realidad de los ciudadanos es un mal común que aqueja a la clase política. Cuando están en campaña se visten las chaquetas de pana con coderas y la camisa sin corbata y recorren los bajos fondos, previa organización milimétrica del encuentro por parte de sus asesores. Después llegan al cargo, se pegan al trono como un pulpo y solo leen cuatro cosas en los informes de sus gabinetes de prensa. Zapatero creía que un café valía 80 céntimos, Echániz cree que ocho euros son calderilla y Mato cree que los españoles vamos al médico por incordiar, y consumimos fármacos porque somos profundamente insolidarios con la sostenibilidad del sistema. Al final, nadie busca la realidad donde está, en la calle, sino entre montañas de informes o en largas e improductivas reuniones de políticos que no son precisamente parte de la clase media.

Para ocultar su ignorancia del mundo que les rodea los políticos se blindan con comparaciones odiosas, insultantes eufemismos y verdades a medias. Mienten y luego lo desmienten, y aquí paz y después gloria. Y si algún asesor osa decirles que el punto de partida de la buena comunicación es decir siempre la verdad, el coro de oblatas políticas que le rodea correrá a recomendarle un sinfín de procedimientos para "tapar" lo que los medios acabarán publicando.

En algún momento tendrán que girar las tornas para que los ciudadanos volvamos a tener políticos de verdad. De los que sienten el pulso del pueblo vibrando en sus entrañas, lloran con la injusticia y dedican su esfuerzo a una causa noble. Qué utopía. Quizá entonces la comunicología deje de ser el aquaplast de los ministerios y un buen discurso vuelva a hacer aplaudir a los ciudadanos, sin darles una chapa del partido y un bocadillo, me refiero.

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