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Aquellos pueblos gallegos abandonados, y los que nos quedan

Este artículo está escrito en el año 1999. Recoge el testimonio de mi abuela y mi tía sobre la vida de un joven maestro de pueblo andaluz, Juan García-Fuentes Grosso, nacido poco antes de la guerra, y sus años en Marce, una aldea del sur de la provincia de Lugo, en el municipio de Ferreira de Pantón.

Por circunstancias de la vida visité esta aldea a finales de los 90. Me recorrió un escalofrío cuando nos abrieron la vieja escuela y pude leer en la pizarra la lección del último día de clase, en el año 85. Los pupitres, los tinteros, algunos mapas y muchos viejos objetos estaban aún allí, desafiando el paso del tiempo.

A quien pueda interesar, y para evitar que pequeños trozos de la historia reciente se vayan perdiendo, lo publico ahora en este blog, habiéndolo rescatado del olvido y de un disquete de ordenador de los que los menores de 30 años ni habréis oído hablar.

***

En la actualidad ‑según el censo de 1996‑ existen en Galicia cientos de aldeas, lugares o caseríos que carecen de habitantes o están en estado de incipiente despoblación. Sólo en la provincia de Lugo, son más de 700 los que están habitados por tres o menos habitantes. Hacer un recuento riguroso sería un trabajo ímprobo además de estéril. Es difícil porque habría que leer las miles de páginas del censo para ir anotando uno por uno los nombres de los lugares, comprobando que sólo quedan un par de vecinos, ya que no hay ningún estudio ni estadística que diga que las aldeas gallegas se están quedando sin habitantes; sólo gráficos y gráficos que aluden a los avances que en todos los sectores se han llevado a cabo en los últimos años. Y es inútil porque es muy poco lo que se puede hacer para frenar el fenómeno. En otras comunidades, como Castilla La Mancha  o Extremadura, el Ministerio de Educación y Cultura ha convocado ayudas para la recuperación y utilización educativa de pueblos abandonados. Quizá no queden habitantes pero al menos pueden visitarse y recorrerse contemplando como en un museo los usos y costumbres del medio rural de hace no muchos años. La historia de Don Juan, un maestro de pueblo, sirve para ilustrar lo que fueron los últimos años de una aldea floreciente de las riberas del Miño. 

 

Don Juan nació en 1920 en el barrio sevillano de Triana, en la Puerta de la Carne. Era el pequeño de cinco hermanos. A los 20 años aprobó el examen de ingreso en la Escuela Naval Militar, pero su pánico al mar le llevó a estudiar Magisterio por un plan especial trazado en la posguerra. Preparó las oposiciones y obtuvo una plaza en un remoto pueblo de Galicia: Navia de Suarna. Como los tiempos no eran fáciles para nadie hizo las maletas y se fue, dispuesto a convertirse en un maestro de pueblo.

Un compañero suyo había sido destinado a una aldea más perdida aún: Marce. Pero por avatares de la vida había conocido a una chica en Navia y se habían hecho novios. Así que pidió a Don Juan que se marchase a Marce y le dejase Navia; no tuvo que insistir mucho, lo consiguió. En 1941 Don Juan llegó a su nueva escuela.

 

Don Ramón Castro López, párroco de Vilar de Ortelle, publicó en 1929 un libro en el que describe la parroquia que atendió durante años. En concreto, se detiene a detallar lo que fue la aldea más grande y poblada de toda la parroquia. En la fecha del libro su autor indica que cuenta con cincuenta vecinos, y antes de las corrientes emigratorias, llegó a tener sesenta, y aún más[1]. Años después, en 1974, la Enciclopedia Gallega describe el lugar y señala que tiene 120 habitantes. Aquí empieza a vislumbrarse el drama que se hará extensible a multitud de pueblos y aldeas de toda Galicia, y también de otras comunidades como Castilla y León, Castilla la Mancha, etc.: la despoblación de las zonas rurales en favor de las urbanas. En la actualidad ‑1999‑ Marce cuenta con 5 viviendas ocupadas, alrededor de 10 habitantes.

 

La aldea que Don Juan se encontró está situada en una de las zonas más bellas del interior de Galicia. Según la describe Castro López: A la margen izquierda del poético Río Miño, y bordeada al Occidente por este río[2]. Como el terreno es inclinado las casas, de piedra y pizarra, se reparten por la ladera con grandes desniveles, y los caminos sin asfaltar ascienden y descienden de modo bastante desordenado. Las escuelas rurales de entonces carecían de muchos medios. En Marce, sin embargo, encontró el joven maestro luz eléctrica y una carretera asfaltada.

 

De Marce habían emigrado a América muchos vecinos. La mayoría se quedaron allí para siempre, pero cuando hicieron fortuna no olvidaron enviar ayudas para su tierra natal. Uno de los que volvió, Manueliño, fue encargado de distribuir las ayudas económicas del ultramar. Empleó parte del dinero de la Sociedad de Amigos de Buenos Aires en hacer un ramal de carretera que llegara hasta el centro del pueblo ‑es la carretera que se conserva en la actualidad y el resto en poner luz eléctrica, privilegio del que aún carecían entonces multitud de pueblos y aldeas. Se construyó también una gran torre con un reloj en su parte más alta. Cumplía dos funciones: reloj público y pararrayos. El primero se oía en toda la margen del Miño a lo largo de muchos kilómetros, también en la orilla de enfrente, y el segundo defendía a todas las casas de las frecuentes tormentas. Hoy el único recuerdo que queda de esas ayudas, además del que pervive en las mentes de sus habitantes, son las placas de piedra en la pared de la Torre y de la Escuela. Para verlas y leerlas hay que buscar en sus fachadas y apartar alguna que otra rama de árbol que la oculta.

 

Además de construir la carretera, Manueliño, había instaurado una costumbre que se inspiraba en los usos de la época de la República: o día dos camiños. Los jueves por la tarde se tocaba la campana de la Iglesia. Acudían al oírla todos los hombres del pueblo con azadas y otros aperos de labranza. Se reunían para decidir qué camino arreglaban y entonces se acercaban hasta allí y se ponían manos a la obra. Gracias a esto el pueblo tuvo un aspecto más aliñado durante muchos años. Hoy la vegetación oculta muchos de ellos, además de algunas casas y cobertizos.

 

Don Juan se hospedó en casa de una indiana cubana, Doña Panchita, que había empleado sus ahorros en construir una pequeña casa colonial, al estilo de las de su país. Era una de las pocas que tenía un pequeño cuarto de baño. Organizó y puso en marcha la escuela que se componía de dos aulas ‑una para niñas y otra para niños y una pequeña vivienda con entrada independiente que él nunca llegó a habitar. Presidían la clase, como era habitual en los colegios de la época, un retrato de Franco, un crucifijo y un cuadro de la Virgen. También había un mapa de España, una pequeña pizarra y una estantería con libros. Revolviendo en los cajones de la mesa del profesor, que sigue en el mismo lugar que hace cincuenta años, se pueden encontrar los boletines de notas de muchos que ahora ya tienen hijos y nietos. Están algo carcomidos por los ratones, pero ahí están las fotos escolares, y la inconfundible caligrafía de un maestro de la posguerra española. Se las ve a ellas con tirabuzones y a ellos con el pelo muy corto, casi rapado. Detrás, el gran mapa de España, con su peculiar distribución del país en regiones que no son las de ahora. Y todo sigue allí, como si el tiempo se hubiera detenido, exactamente igual que el día que se cerró la Escuela por falta de alumnos.

 

Y Don Juan se casó, con la hija mediana de Manueliño, que tenía quince años. Así que se mudó a la casa de sus suegros: A Casa da Vila. Los abuelos de ella procedían de la Casa de Amboade, un feudo de los condes de Lemos. Muy cerca de este lugar hay un castro celta, desde él se ve el Castillo de Monforte. Tiempo atrás sus habitantes habían sido muy ricos. Tanto, que cuenta la leyenda, que cuando alguien se acercaba e intentaba robarles los ahuyentaban tirándoles onzas de oro. También hay otros castros en la zona. De el de Guítara, a seis kilómetros de Ferreira, cuentan que estaba comunicado con el de Santa Mariña, cerca de Marce, mediante un camino subterráneo, y que ambos estaban unidos bajo tierra por una cadena de oro. En algunos puntos, ésta, iba tan a ras de tierra, que los carros al pasar la rozaban. Otra leyenda señala que un grupo de vecinos, guiados por un libro de un vecino de Eiré ‑una parroquia limítrofe realizaron excavaciones y mientras unos hacían el trabajo, otros leían el libro y oraban, para espantar a los demonios[3].

Comenzaron a sucederse los cursos escolares en el pequeño colegio. Don Juan, acostumbrado a la dieta mediterránea, comenzó a padecer una úlcera ya que en la Galicia rural la gastronomía se sirve bastante del tocino y sus derivados. Pero siguió adelante. Vio que muchos padres de sus alumnos carecían de conocimientos básicos, no para el campo pero sí para la vida, así que montó una escuela de adultos en sus ratos libres. Las clases tenían lugar al terminar la jornada de tareas agrícolas de los vecinos. Les enseñó a leer y escribir, y también algo de castellano para manejarse en la ciudad. No dejó de lado el gallego y sus costumbres a pesar de ser sevillano, porque al poco tiempo organizó lo que se llamó el Cuadro Artístico de Marce, algo insólito en la Galicia del momento. Era una escuela de teatro, también en los momentos en que no estaban ni él ni los vecinos trabajando o en la escuela. Reunía a chicos y chicas y ensayaban obras de teatro y recitales. Primero lo representaban en la aldea pero pronto comenzaron a hacerse conocidos en la comarca y a desplazarse a otros pueblos. Terminó por ser un espectáculo digno de verse. Interpretaban sainetes de los hermanos Quintero y de Muñoz Seca. Recitaban a Rosalía y Curros Enríquez. Bailaban piezas regionales vestidos con los trajes típicos. Tocaban la gaita ‑de oído‑ el tambor y el bombo. Y en los intermedios, mientras se cambiaban de ropa, salía un paisano del pueblo que entretenía al auditorio despojándose de los múltiples chalecos que llevaba, y les hacía reír con un montón de trucos y artimañas. El showman, al presentarlos, decía siempre aquí están las chicas de Marce que salen a actuar sin pintarse la cara, porque no lo necesitan. Cuando la orquesta no podía conseguir instrumentos musicales para las funciones, ponían unas cortinas y tocaban sin que se les viera. Usaban cajas de lata a modo de tambor, y un albañil, Luis do Barreiro, que según se dice era feo como la noche, hacía un montón de ruidos imitando gaitas, platillos, y bombos con la boca. Nos llamaban de todas partes ‑recuerda Carmen‑ estuvimos en Ferreira, Peares, Monforte y Escairón. Habíamos tenido mucho éxito.

En el año 57 contrataron una misión en la parroquia de Vilar de Ortelle. Era frecuente que se llamara de los pueblos a afamados predicadores jesuitas para impartir algunas sesiones a sus habitantes. Pidieron un lugar con luz y baño, porque traían máquinas de afeitar eléctricas y aparatos de radio. Los mandaron a la Casa da Vila, por estar en la aldea más numerosa y poseer estos adelantos técnicos. Estos datos son indicativos del estado de Marce en la época y contrastan con su situación actual de abandono.

En Marce casi todos vivían de la agricultura y la ganadería. Había dos casas de abolengo, a casa da Vila y a casa da Fonte, ambas emparentadas con la casa de Amboade. En esta última vivió la madre de Raimunda, mujer de Manueliño. Cuando ya no podía valerse por sí misma y la mayoría de los habitantes del caserío se habían marchado o habían muerto se bajó a vivir con su hija, a la casa da Vila. Posteriormente unos desconocidos desvalijaron lo que de señorial permanecía en Amboade e incendiaron la casa. Hoy pueden verse en lo alto de la montaña, un par de kilómetros más arriba de Marce, los restos de una pared de piedra prácticamente ocultos por la espesa vegetación. El resto de los sillares fueron también robados. Es lo que queda del feudo de los condes de Lemos en este lugar.

Don Juan pasó a ser pronto en el pueblo una autoridad. Hasta su llegada las compras y ventas de tierras se iban a hacer a Monforte. Pero mientras él estuvo de maestro en la aldea realizó numerosas escrituras, testamentos, y todo tipo de textos burocráticos que luego se llevaban a sellar oficialmente. El médico más cercano estaba a diez kilómetros, así que cuando alguien se ponía enfermo iban a buscarlo a caballo. Le contaban los síntomas y escribía una nota que luego Don Juan leía; a menudo se dedicaba a recorrer el pueblo poniendo las inyecciones que habían sido recetadas a unos y a otros.

En la aldea había también una tienda desde antes de 1947. Era de Manueliño y en ella podía encontrarse lo que los vecinos no obtenían de sus cultivos: aceite, azúcar, patatas, latas de conserva, galletas, pastas y arroces. Los vecinos acudían allí con las típicas cartillas de racionamiento de la posguerra. También estaba en el pueblo el único molino eléctrico de toda la zona; los demás eran de agua. Venía gente a moler de muchos sitios y su dueño les cobraba en especies, por cada ferrado un maquiote.

Pronto llamaron a Don Juan para que formara parte de la Corporación Municipal del Ayuntamiento de Ferreira de Pantón. Allí conoció a Ramiro, un farmacéutico que sería después un gran amigo. Desde entonces, y cuando tuvo una Vespa, incluyó una nueva obligación en su apretada agenda: acudir a los Plenos del ayuntamiento. Pero la escuela seguía en marcha y había ido dando sus primeros frutos en la formación cultural de los niños del pueblo. Sus métodos eran además muy didácticos, ya que se había inventado una caja llena de papeles con preguntas sobre las materias que impartía, al estilo de los concursos de la televisión de aquellos años. Así os rapaces tamén se divertían, comenta Alsira. De vez en cuando pasaban por las escuelas los inspectores. A Don Juan le tocó uno de los más duros, se llamaba Ruiz Tablada, y, como indica Carmen, medía dos metros y era muy exigente. Cuando llegó a Marce pensó que sería un pueblo de analfabetos. Vio la escuela con 45 alumnos. Algunos venían de otros pueblos vecinos andando cada día. Miró libros, registros, etc. y realizó numerosas preguntas de matemáticas, lengua y geografía a los niños. Comprobó que sabían mucho y de todo.

Ruiz Tablada elaboró entonces un informe y solicitó un voto de gracias para que le fuera concedida a un maestro de las riberas del Miño. Cuenta Carmen, que aquel inspector sólo había otorgado dos a lo largo de su vida, y una de ellas fue para Don Juan. La noticia se divulgó pronto y desde entonces lo señalaban como aquel al que había dado su voto Ruiz Tablada.

Marce contaba entonces ‑en 1952‑ con una escuela de las mejores, una tienda-cantina, una matrona, un barbero, un herrero, un molino con fama en toda la zona, y una costurera. Además tenía una capilla donde se celebraba Misa un día a la semana, además de bodas, funerales, etc. Se festejaban los Mallos como en muchos otros lugares de Galicia, con canciones primaverales, y elaborando trajes con hojas de higuera. Por las noches se rezaba el Rosario en familia. Y en invierno, cuando oscurecía, los vecinos se agrupaban junto a la lumbre para o fiandón. Este consistía en que mientras las mujeres tejían, hilaban o calcetaban alguien contaba cuentos reales o sucesos fantásticos, a menudo relativos a gentes de la aldea y sus contornos.

El patrón del pueblo era San Marcos. Según cuenta Castro López en su Reseña histórico descriptiva[4] la etimología del nombre de la aldea puede ser de origen gentilico, por estar consagrado el lugar o sus moradores, a Marte, dios de la guerra, que los gentiles representaban como un hombre de edad mediana, armado de pies a cabeza, sentado sobre varias insignias militares teniendo en las manos un escudo y lanza y un gallo al lado. Para indicar cuan necesaria para la guerra la vigilancia, de la cual es el gallo su emblema, se ha consagrado a Marte esta ave. Pero con más probabilidad puede suponerse que, el lugar de Marce, tomó este calificativo del nombre latino Marcus, cuyo vocativo es Marce, a mediados del siglo VIII de nuestra era. Así es que el día 25 de abril los vecinos del lugar celebraban a su patrón por todo lo alto. Se celebraba una Misa y luego había comida y baile para todos. El jueves anterior a carnaval se festejaba el jueves de comadres. Se hacía un gran espantapájaros representando a un hombre y otro a una mujer, y se dejaban allí a la vista de todos. Cuando era la época de la Trilla todo el mundo ayudaba a todo el mundo. Se recogía y trillaba el centeno, se tomaba vino y pan. Con la llegada del plan Marshall, y lejos ya de antiguas tradiciones, se llevaba a la escuela leche para los niños, y pan que tomaban untado con mantequilla.

Ruiz Tablada, además de darle la condecoración, aconsejó a Don Juan algo que cambiaría su vida y la de su familia: que hiciera oposiciones a pueblos de más de 10.000 habitantes. La preparó para Orense pero le salió una plaza en A Coruña y la aceptó. Hasta que murió en 1984 siguió siendo un tranquilo maestro de colegio, pero de ciudad. En sus ratos libres, lejos de enseñar a adultos o poner inyecciones, se dedicaba a pintar cuadros y a pasear con su mujer, sus hijos y sus nietos. [Juan falleció en el año 1985, 

siendo profesor del Colegio Concepción Arenal de A Coruña].

La mayoría de las casas de la aldea siguen en pie, cerradas como las dejaron todos los que se fueron a las ciudades, o como las mantienen los herederos de quienes han ido muriendo. Algunas, las menos, han visto como se derrumbaban sus tejados o los suelos de madera carcomida. Entre los cinco vecinos que quedan no hay ya maestro, ni herrero, ni matrona, ni costurera, ni tienda. Sólo gente que vive del campo, compra lo necesario en Ferreira, y una joven veterinaria, Teresa. No han perdido su sentido de la hospitalidad ni han olvidado a los que se marcharon, pues es una realidad que no se puede pasar por allí sin pararse en casa de cualquier vecino a degustar un jamón ‑como el que ya sólo se toma en los pueblos‑ y un vaso de vino de la propia bodega. Pero, para Marieva, en aquellos años teníamos una alegría que hoy en día no tenemos, nos emocionábamos con cada fiesta, cada celebración, cada cosa que pasaba. Hoy, 16 de mayo de 1999, entre las ruinas y la frondosa vegetación de la ribera, el momento en el que el tiempo se detuvo para Marce y otras cientos de aldeas gallegas de sus características, sólo puede recordarse mirando las fotos de las funciones del Cuadro Artístico de Marce, oyendo el testimonio de quienes allí viven, o de los que se han ido, y visitando la Escuela donde todo sigue igual que el último día de clase, incluso la pizarra, donde se pueden ver unas notas de 1985 que el último maestro olvidó borrar.



[1]Castro López, Ramón: Reseña Histórico Descriptiva de la Parroquia de Vilar de Ortelle y su Comarca, y de los Monumentos Protohistóricos del Partido de Monforte de Lemos. Con una relación de los principales santuarios, leyendas, supersticiones y otras curiosidades antiguas del país. Monforte, Imprenta Rodríguez, 1929, pág. 14.

[2]Idem, pág. 1.

[3]Rey Novoa, José Manuel: Pantón. León, Everest, 1992, págs 58 y 59.

[4]Castro López, Ramón, idem, pág. 14.

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